
Viajar suele venderse como una experiencia transformadora. Cambiar de país, conocer otras culturas y abandonar temporalmente nuestra rutina puede alterar la forma en que observamos el mundo. Sin embargo, existe una diferencia entre conocer un lugar y utilizarlo como escenario para encontrarnos a nosotros mismos. Viaje a Darjeeling, de Wes Anderson, se encuentra precisamente en esa tensión.
La película sigue a Francis, Peter y Jack, tres hermanos distanciados que recorren India un año después de la muerte de su padre. El viaje, organizado obsesivamente por Francis, pretende reconstruir su relación y culminar con el encuentro de su madre, alejada de ellos y convertida en monja.
Visualmente, Anderson ofrece aquello que ha convertido su cine en inmediatamente reconocible. La fotografía utiliza colores intensos como extensión de las emociones, mientras los movimientos laterales de cámara y la minuciosa composición de los escenarios transforman cada espacio en una pequeña pieza de diseño.
Los tres protagonistas también funcionan gracias al trabajo de sus actores. Owen Wilson construye un Francis controlador y vulnerable; Adrien Brody entrega probablemente la interpretación más emocional del trío; mientras Jason Schwartzman representa a un Jack más distante, escondido tras sus propias historias y relaciones. La química entre ellos sostiene buena parte de la cinta incluso cuando el relato pierde impulso.
Es justamente, en su condición de turistas, donde Viaje a Darjeeling resulta más interesante.
Los hermanos llegan a India buscando respuestas. Participan en rituales que comprenden parcialmente, adquieren objetos religiosos y transforman su recorrido en una especie de terapia espiritual improvisada. La película parece ironizar sobre un cliché muy occidental: la idea de viajar a un territorio culturalmente lejano esperando regresar convertido en una versión mejor de uno mismo.
India funciona frecuentemente como un paisaje dispuesto alrededor de sus protagonistas. Sus trenes, templos, mercados, habitantes y rituales adquieren importancia principalmente por aquello que provocan en tres visitantes estadounidenses. Incluso una tragedia que involucra a una familia local acaba incorporándose al proceso de transformación emocional de los hermanos.
Esto no significa que una película deba funcionar como documental turístico ni representar exhaustivamente una cultura. Viaje a Darjeeling habla, después de todo, de estos tres hombres. Pero resulta significativo que un relato construido alrededor de la experiencia de viajar dedique mucho más tiempo a aquello que sus protagonistas esperan obtener del destino que a aquello que realmente descubren sobre él.
Viaje a Darjeeling sigue siendo una película visualmente hermosa y contiene momentos de gran cine. Sin embargo, su aproximación al turismo resulta más reveladora por sus contradicciones que por sus respuestas.
Tal vez viajar pueda ayudarnos a comprender quiénes somos. Pero también implica comprender que los lugares que visitamos, no existen para transformarnos.
Ese podría ser, incluso involuntariamente, el aprendizaje más interesante del viaje, no turismo.
HOY a las 20:00 hrs. TICKETS AQUÍ
Esquina Retornable forma parte del Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Gobierno de Chile.
Por Lukas Osorio